miércoles, 18 de enero de 2017

Estrenando bicicleta plegable




    Estuve como espectadora en la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires  2016 y si no hubiera   tenido conmigo la bicicleta plegable, me hubiera perdido de un montón de cosas.  



  El plan era ver la largada, pedalear hasta el kilómetro 35 y esperar allí a mi marido para darle           - agua, por si acaso sucediera (como en la maratón de 2014) que el agua que da la organización se   acabara.

  Dado que no tenía mucha práctica en ciclismo, que me estaba recuperando de las lesiones que me   había provocado haciendo running y que me parecía que con una bicicleta de rodado 20 no se podía ir mucho más allá de veinte cuadras, los siete kilómetros que tenía que cubrir hasta el punto de encuentro me parecían una hazaña tortuosa. 


- Faltaban tres horas para el momento acordado, el día era fantástico, así que me pareció que no    -- debía perderme de pasear por los bosques de Palermo con la bicicleta plegable que era prestada y - que yo estaba estrenando en ese momento. Pronto alcancé a los corredores, de modo que --------- - empecé a seguir el recorrido de la maratón por el lado exterior de las vallas. Así encontré a otros -- - ciclistas que estaban haciendo lo mismo que yo. Esa fue la primera sensación maravillosa de ------ - pertenecer, no a la comunidad de los corredores sino a la de los ciclistas urbanos. Eramos una ----- - caravana espontánea yendo por Libertador, hasta que se nos acabó el asfalto disponible y tuvimos  -que agarrar por la vereda, cosa que me hizo sentir hermanada en un subir y bajar de los cordones, - sortear baldosas rotas y esquivar transeúntes. 

   De todos los que andábamos en bicicleta, yo era la inexperta, 

-- a punto de caerme todo el tiempo, cuidando mi rodilla de que no se agravara la condromalacia ---- - rotuliana ni tampoco la tendinitis de la pata de ganso, así que por supuesto, cuando llegamos a la - - intersección con 9 de julio, a la subida de Carlos Pellegrini, yo me bajé y emprendí la subida a pie, - mientras los demás ciclistas pedaleaban sin problemas. Estaba tan hermosa la mañana y mis -----   - rodillas se sentían bien, que me propuse el desafío de llegar con la bicicleta lo más lejos que -- -- -- - pudiera por el trazado de la maratón. 


- - La plegable era chica (para mi percepción, muy chica) tanto como poder entrar con bicicleta y -- -- - todo a un banco a sacar plata de un cajero automático. Efectivamente, fue un lujo que me pude --- - dar. 

La bicicleta tenía siete cambios, yo la llevaba en la velocidad 3, y como no era mía y la estaba estrenando, no me animaba a moverla de allí. Puesta así (no sé si yo o la bicicleta), tuve la sensación de que era un excelente vehículo de paseo, no sabía si como para agarrar velocidad, pero sí seguro que se podía recorrer cómodamente distancias bastante largas y disfrutar el recorrido.

Al llegar a Corrientes tuve un inconveniente: el manubrio empezó a girar. Algo se había aflojado en ese aparato de dos ruedas que yo había visto doblar en tres mil partes en la casa de ventas (el dealer como le dicen ellos). El vendedor nos había mostrado cómo se plegaba, en una serie de maniobras que en ese momento me parecieron interminables e imposibles de memorizar para mí, por lo cual, según estimaba yo, esa bicicleta para que la usara yo, debería entregárseme siempre armada, nunca plegada y mientras estuviera en mis manos, se quedaría así. Entre las muchas cosas que se doblan, se enroscan y se guardan, en el modelo de bicicleta que me tocó en suerte usar, está el manubrio. El manubrio se regula en altura, además se desarticula como si le hubieran roto el pescuezo y se gira, de modo que los frenos apuntan para arriba, para abajo, para el frente y otros puntos cardinales. Algo estaba mal y eso no había quedado fijo: cada vez que aplicaba los frenos toda esa parte giraba sobre su eje y era difícil mantener la estabilidad. Teniendo en cuenta de la maratón iba por Corrientes hacia Leandro Alem, era imposible no utilizar los frenos. Cuando llegué a Alem no sé si estaba más preocupada que fastidiada o más angustiada que preocupada o todo junto porque en esas condiciones era imposible andar. 

Desayuno sencillo
"25 hours"" Puerto Madero
El kiosquero muy amable.
Crucé caminando hasta Puerto Madero y decidí abreviar el viaje: el recorrido de la maratón pasaba por Juana Manso. 


Por un lado, había conseguido llegar en bicicleta al kilómetro 10 de la maratón, que estaba en Corrientes y 25 de mayo, es decir que había sido capaz de recorrer sin esfuerzo 10 kilómetros en bicicleta con la pequeña bicicleta plegable rodado 20. Había tardado menos de una hora y no sentía ningún cansancio. Por otro lado, en esa parte de Juana Manso a la que había llegado haciendo unos metros a pie, era el kilómetro 30 y yo tenía que llegar hasta el kilómetro 35 en una bicicleta que de pronto se había vuelto imposible por el asunto del manubrio. Decidí hacer un alto para desayunar en un "25 hours" y después... después seguramente iba a intentar doblar la bicicleta en cien partes, pedir un taxi y llegar al km 35 llevando la bicicleta en el baúl del taxi. 


 Cuando terminé el desayuno, me dispuse a solucionar el inconveniente y examiné detenidamente el manubrio hasta que encontré algo tan sencillo como un tornillo que se ajusta a mano, sin ninguna herramienta, sin ningún esfuerzo y que mágicamente, hace que la palanca que libera o sujeta la parte del manubrio donde están los frenos quede fija y deje de girar locamente. 


Había conseguido
lo que me parecía imposible:
llegar al punto de encuentro.

Con la bicicleta ya "normalizada", tomé por avenida Juana Manso. Suponía que el recorrido de la maratón me llevaría por la zona portuaria. Había viento en contra. Costaba pedalear, así que me imaginé lo difícil que sería para los corredores superar la barrera que habitualmente supone el kilómetro 30 y vencer el obstáculo que a esa altura pone la psiquis. 



Cerca de Retiro, encontré más ciclistas, de los que salen a entrenar los domingos por la zona. 



Además de viento, había sol y empezaba a hacer calor. Llegué al km 35 en el momento en que empezaba a cansarme. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo, en ese lugar se habían juntado delegaciones de otros países para asistir a sus corredores, familiares y amigos de corredores argentinos y curiosos.




Con un sol abrasador
y viento en contra



Cuando llegó mi marido, le di una botella de agua y decidí seguirlo con la bicicleta, para asistirlo en el momento en que necesitara más. 




Con el viento, muchos corredores se habían agotado y caminaban. 



Al tomar por la autopista Illia, éramos una melange de runners y ciclistas, todos calcinados por el sol.



Mi marido,
feliz por haber terminado la maratón

 Ese día los dos pudimos terminar el desafío: mi esposo terminó los 42 km de la Maratón de Buenos Aires y yo, que habitualmente no caminaba más de tres kilómetros diarios y que salía en bicicleta ocasionalmente para pasear, conseguí andar 22 km. 

La bicicleta plegable había tenido una utilidad por la que yo nunca hubiera apostado: se podía recorrer una distancia considerable, sin hacer esfuerzos, porque tenía un sistema que la hacía liviana y fácil de conducir. Curiosamente, no me sentí dolorida ni cansada en los días posteriores. 




domingo, 15 de enero de 2017

Un itinerario por la Zona Norte

Aun con una bicicleta común uno puede hacer mucho. Empezamos la mañana transportando la bicicleta en el soporte exterior del auto hasta La Capelina, donde desayunamos café con confituras. Luego yo hice un paseo en bici bajo la arboleda de la avenida del Libertador, bajada por el costado de la cancha de Tigre y una parada en una de las vías aeróbicas que se encuentran por la zona. 

sábado, 14 de enero de 2017

Encuentro con una plegable

No, no, no soy la persona que va en bicicleta a lo lejos, la foto la saqué desde la bicicleta, o sea que la bicicleta no sale. Bueno, ustedes dirán: y esta imagen que tiene que ver con la bicicleta plegable?


Cuando probé por primera vez la bicicleta plegable no era mía, era prestada. Se suponía que yo tenía que acompañar a mi marido en la Maratón de Buenos Aires durante unos siete kilómetros. Me subí a la bicicleta para probarla el día anterior. Yo dije: esta bicicleta no la voy a poder manejar, cuando me encuentre con el primer lomo de burro voy a salir volando y con esas ruedas finitas me voy a caer en la primera curva. Y dije: nunca voy a usar esta bicicleta. Al día siguiente, cuando partió la maratón, me dije que era una pena desperdiciar el día de sol, así que decidí seguir a los corredores en la bicicleta endeble... llegué hasta el Obelisco. Luego bajé por Corrientes, até la bicicleta en la puerta de un café en Puerto Madero, me tomé un desayuno y seguí hasta el km 35. Cuando terminó la Maratón yo había andado 20 kilómetros. 






Kika y ... la otra

Esta es "la otra": una bicicleta común que compré para salir a pasear.  La historia empieza cuando pedí prestada una bicicleta a la Ciudad para probar... No sabía si me daba el cuerpo para andar en bicicleta, pero resultó que sí. Así que me compré la bicicleta de la foto. Eso que se ve atrás es el andén de la estación Retiro, la bicicleta la terminé usando para ir a trabajar. 


Y esta es Kika. Es LA bicicleta. Bueno... por lo menos hasta que me compre una Verge... Tienen que probar esto. Cómprense una buena plegable y salgan al mundo... y van a ver cómo la vida cambia.